Ocho de cada diez mujeres tienen sofocos en la menopausia, y para una de cada cuatro llegan a condicionar el día y, sobre todo, la noche. No es algo que haya que aguantar en silencio esperando que pase. Hay cosas que funcionan, hay cosas que no, y conviene saber distinguirlas antes de gastar dinero.
Por qué ocurren
Al bajar los estrógenos, el termostato del cerebro se vuelve más sensible: interpreta como calor excesivo cambios de temperatura mínimos y dispara la respuesta de enfriamiento. De ahí la oleada de calor que sube por el pecho y la cara, el enrojecimiento, el sudor y luego el escalofrío. Suelen durar de dos a cuatro minutos y pueden repetirse varias veces al día. Por la noche son los responsables de ese despertar empapada a las cuatro de la mañana, y el mal dormir es lo que después explica la irritabilidad y la falta de concentración que muchas mujeres achacan a otras cosas.
De media duran unos siete años, aunque hay mucha variación. Dicho de otra forma: es tiempo suficiente para que merezca la pena tratarlos.
Lo que puedes cambiar sin tomar nada
- Ropa en capas y tejidos naturales, para poder destaparse en cuanto empieza.
- Dormitorio fresco, sábanas de algodón y un vaso de agua en la mesilla. Bajar dos grados la habitación cambia la noche.
- Identificar tus desencadenantes. Los más habituales: alcohol (sobre todo vino), comidas muy calientes o especiadas, café, tabaco y el estrés. No hace falta renunciar a todo, basta ver cuál es el tuyo.
- Ejercicio regular. Caminar a buen ritmo, nadar o fuerza suave dos o tres veces por semana mejora el sueño, el ánimo y el hueso. Eso sí, no justo antes de dormir.
- Respiración pausada cuando notas que empieza: inspirar y espirar despacio durante un par de minutos reduce la intensidad.
- Peso y tabaco. Son los dos factores que más empeoran los sofocos y los dos que más se pueden trabajar.
Qué se puede tomar
Si con lo anterior no basta, hay complementos con respaldo razonable. El más estudiado para los sofocos es la cimicífuga, que se usa en preparados de extracto titulado y necesita unas cuatro a ocho semanas para notarse: quien lo abandona a los diez días no le ha dado la oportunidad. También hay fórmulas para el día y la noche que combinan plantas con magnesio y vitaminas del grupo B, pensadas para cuando además pesan el insomnio y el cansancio.
Dos advertencias necesarias. La primera: natural no es inocuo. La cimicífuga y las isoflavonas de soja no son para todo el mundo, y en concreto si has tenido un cáncer de mama hormonodependiente, tomas tamoxifeno, anticoagulantes o tienes problemas de hígado, hay que consultarlo antes. La segunda: el tratamiento hormonal sigue siendo el más eficaz para los sofocos intensos, y es una conversación con tu médico o tu ginecólogo, no una decisión de mostrador. Nuestro papel es ayudarte a ordenar las opciones y decirte con honestidad qué entra en nuestro terreno y qué no.
Lo que casi nadie cuenta
Los sofocos se llevan toda la atención, pero hay otro síntoma igual de frecuente del que se habla mucho menos y que afecta de lleno a la vida en pareja: la sequedad vaginal. A diferencia de los sofocos, esta no mejora sola con el tiempo, y tiene soluciones sencillas y eficaces. Lo contamos entero aquí: sequedad vaginal en la menopausia: qué es, por qué ocurre y cómo aliviarla. Si quieres empezar por lo más simple, un gel hidratante vaginal de uso diario es el primer paso.
Y aprovecha la etapa para dos revisiones que valen mucho: la salud del hueso (calcio, vitamina D y fuerza) y la tensión y el colesterol, que suben de forma silenciosa en estos años.
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